Sunday, September 04, 2005

Gibraltar y los abusos británicos, Henry Kamen

martes, 31 de agosto 2004
OpiniónGibraltar y los abusos británicos
Por Henry Kamen
El Mundo (31/08/04, 10.16 horas)
Agosto es el mes por excelencia de las vacaciones, y algunos presidentes españoles del Gobierno eligen veranear en la antigua colonia británica de Menorca, que los ingleses devolvieron a España en 1802. El pasado colonial es todavía visible en la isla y ayuda a darle encanto. Sin embargo, esta vez las tranquilas vacaciones del actual presidente se han visto perturbadas por una prensa ávida de comentarios sobre las celebraciones en Gibraltar de los 300 años de gobierno inglés. Como agosto es tiempo de solaz, se han hecho muchos comentarios superficiales sobre Gibraltar.Es importante destacar una vez más, para aquellos que tienen una idea vaga de la geografía, que Gibraltar es por supuesto una parte de España, igual que Llivia es una parte de Francia y Ceuta es una parte de Marruecos. El problema no radica en la ubicación de estas ciudades, o en los tratados anticuados que crearon su status, sino en los deseos democráticos de sus habitantes.Hace algún tiempo, en las páginas de este mismo periódico, un aficionado a la Historia escribió un artículo sobre Gibraltar en el que evitaba hablar de los gibraltareños, como si no existiesen.En cambio, presentaba un conocido argumento en el que condenaba a los británicos por «una larga cadena de abusos que llevan a pensar al historiador imparcial que el calificativo de pérfida Albión no carece totalmente de fundamento». Suponiendo que haya habido abusos, ¿cuáles han sido?
Tal vez el abuso más importante fue que el Gobierno británico rehusó respetar el famoso Tratado de Utrecht. En una importante cláusula del tratado de 1713 se lee así: «Su Majestad Británica, a instancias del Rey Católico, consiente y acepta que no dará permiso, bajo pretexto alguno, a que judíos o moros residan o tengan sus casas en la dicha ciudad de Gibraltar». El tratado, en otras palabras, intentaba convertir en ley internacional la excepcional prohibición hispánica de practicar públicamente la fe judía o islámica, una prohibición desconocida en el resto del mundo civilizado. El Gobierno británico inmediatamente decidió no observar esta cláusula, y permitió a los habitantes de Gibraltar la libertad de conciencia que el Gobierno español de entonces negaba a sus ciudadanos.
Una consecuencia importante de este abuso puede verse en la exposición que el Museo Judío en Camden Town, Londres, está presentando este mes. Bajo el título Gibraltar: fortaleza británica, paraíso judío, la exposición celebra los tres siglos de libertad de los que en Gibraltar disfrutaron los descendientes de aquellos ciudadanos españoles que fueron brutalmente expulsados de su patria en el año 1492. Poco después del Tratado de Utrecht se estimaba que había 300 familias viviendo en Gibraltar, con su propia sinagoga, y para el siglo XIX los judíos eran ya una décima parte de la población del Peñón. Hoy los judíos forman el 2% de la población.¿Quiénes eran estos judíos? En gran medida, eran los descendientes de los ciudadanos españoles que habían sido expulsados de la península en 1492, y por lo tanto estaban simplemente reafirmando su derecho de volver a casa.
El Gobierno español, sin embargo, afirmaba que era un abuso dejar que los judíos vivieran en su propio país. Hasta nuestros días, algunos españoles han seguido compartiendo esta opinión. Un galardonado con el premio Príncipe de Asturias en los años 80 afirmaba en su más conocido libro que «una tajante oposición enfrenta lo hebraico y lo hispano». De la misma opinión era el rey Felipe V, quien en 1727 lanzó un intenso ataque militar contra el Peñón porque, decía, los británicos «habían permitido a judíos y moros, enemigos de la religión católica, vivir en la ciudad», contraviniendo los términos del tratado. Podemos ver claramente aquí que la explicación del ataque era el vergonzoso comportamiento de los británicos tolerando a personas que no debían haber sido toleradas.Como saben los lectores, a los judíos no se les permitió volver a España hasta el año 1869. Por tanto, los británicos eran culpables de permitir libertad a los judíos un siglo y medio antes que España.
Pero esto era, por supuesto, sólo un detalle de la cadena de abusos que los británicos cometieron en su colonia imperialista.También eran culpables de consentir que los moros vivieran en suelo español. Los estudiantes de Historia saben que después de la expulsión de los moriscos en 1609 los musulmanes no tenían derecho legal a vivir en España. Los británicos deliberadamente rompieron esta ley. Ya que España se negaba a permitir el libre comercio entre España y Gibraltar, la colonia tuvo que buscar algún modo de conseguir alimentos y agua, y llegó a un acuerdo en 1721 con Marruecos por el cual «los súbditos del emperador de Fez y Marruecos, fueran moros o judíos, residiendo en el dominio del rey de Gran Bretaña, disfrutarían por entero de los mismos privilegios que se concedían a los ingleses que residían en Marruecos».De ese modo el islam, que estaba prohibido como religión en España, era libre y públicamente practicado en Gibraltar. Es irónico pensar que la única parte de España que después de 1713 permitía el libre ejercicio de las tres religiones que habían sido la gloria de la España medieval era el Gibraltar británico. Tal vez algunos consideren esto un terrible abuso. Otros quizá piensen que es un motivo de orgullo que los británicos sustentaran ideales de tolerancia que España había olvidado.
Pero existían abusos peores. Quizá el peor fuera que Gibraltar permitió la libertad de la fe cristiana. El tratado de Utrecht permitía sólo la práctica de la fe católica. En Gibraltar (y en Menorca) el Gobierno mantenía el catolicismo como la fe oficial, pero adoptó la extraordinaria medida de poner las parroquias católicas bajo los obispos protestantes. Era un asombroso ejercicio de convivencia religiosa que redujo a las autoridades eclesiásticas españolas a la histeria. Los británicos, decían, no tenían derecho a tolerar herejía en el territorio español, e hicieron apasionadas peticiones a Roma sobre tal escándalo. Tenían, por supuesto, bastante razón. La tolerancia era un abuso que la pérfida Albión practicaba en territorio español. Los únicos países buenos eran aquellos que, como España y Francia, prohibían la práctica de la cristiandad no católica.
El abuso que con mayor fuerza ha perdurado en la memoria colectiva es la salida de la población civil de Gibraltar. Cuando los británicos ocuparon el Peñón, la mayoría de la población civil huyó, al igual que dos años más tarde lo haría la mayor parte de la población de Madrid, cuando la ciudad fue ocupada por los británicos. No hubo expulsiones. Pero había una ligera diferencia entre ambas situaciones. Los gibraltareños en San Roque esperaron pacientemente a que se recobrara el Peñón, pero esto nunca sucedió; Madrid, por el contrario, fue recuperado muy rápidamente por los franceses.Desgraciadamente, eran tiempos de guerra, y la mayor parte de los refugiados de San Roque nunca regresaron. No era la única injusticia que la guerra provocaba. En esa misma guerra, el Gobierno español expulsó a miles de sus propios ciudadanos: quemó y despobló la ciudad de Xátiva en Valencia, forzó a que la mitad de la aristocracia española tuviera que pasar sus últimos días exiliada en Viena y expulsó para siempre de sus casas a miles de castellanos, valencianos y catalanes. Hacia finales de la guerra, según el malogrado Antonio Domínguez Ortiz, había, sólo en Roma, 3.000 sacerdotes españoles refugiados. Era una época de graves injusticias, y Gibraltar era una gota en el océano de la miseria que la Guerra de Sucesión causaba. En todo caso, los españoles pronto regresaron al Peñón, que 50 años más tarde tenía una población de 200 españoles y 2.000 inmigrantes.
Hablar de abusos que de hecho no fueron abusivos es una manera de falsificar la Historia. Otra manera es guardar silencio adrede sobre aspectos positivos del cambio de régimen en Gibraltar.La Historia del Peñón bajo los británicos, como cualquier visitante puede ver, fue de gran éxito material. Del mismo modo, Menorca floreció bajo los británicos. «El confort, la cultura, el dinero, aumentaron con los años de la dominación británica», escribe el insigne historiador Román Piña, quien insiste que «recogiendo el criterio mayoritario de los historiadores menorquines, podemos decir que la dominación inglesa constituyó un modelo de tolerancia».Esos hechos bajo ningún concepto influyen en el problema político de si España tenía derecho sobre Gibraltar o Menorca. Evidentemente que tenía un derecho. Pero es interesante saber que, si España hubiera tomado Gibraltar de los británicos, se habría repetido de nuevo la vieja historia de 1492 y 1609, porque eso es lo que pasó en Menorca, donde el nuevo Gobierno español manifestó muy claramente su política. Habría intentado (tengo delante de mí el texto del decreto) reducir a esclavitud a todos los musulmanes, expulsar a todos los judíos, y prohibir la libertad de culto.Y por supuesto, introducir la Santa Inquisición.

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